 |  # 86: Aunque
Aunque el mañana me arrebate de repente
la espuma de mi playa y de mi gente.
Aunque ya no se reflejen mis pupilas
en el surco silencioso de una esquina.
Aunque vuelva a traicionarme lentamente
el latido pertinaz de mi presente.
Aunque el miedo de ser en la agonía
me detenga sublime y definida.
Aunque pueda parecer la imagen desbordada
por respirarme en el dolor de las palabras.
Aunque tiemblen los secretos milenarios
en la historia de mis cielos legendarios.
Aunque el tiempo me abandone en la mentira
de ser tu inmensidad embebecida.
Aunque el eco hecho ceniza de mi vida
hunda el silencio entre las algas de mi herida.
Aunque ya no me descubra entredormida
junto a la infancia de tu piel envejecida.
Aunque ya no me recoja en el misterio
de arder en soledad y cautiverio.
Aunque ya no me enamoren las preguntas
el cómo, y el porqué y el hasta cuando.
Aunque ya no sienta sed ni tenga día
no callará mi sangre la rutina
de amar, entre el aún, desprevenida. ( Biel Male ) |
|  |  # 87: Un poeta decía
Un poeta decía que, cuando él era joven,
florecía en sus versos como el rosal en rosas.
Cuando yo pienso en ella, me parece que dentro
de mí, charla una pura fuente que no se agota.
Como Dios da un perfume de templo a la azucena,
como en el rostro de las guindas coral pone,
devotamente yo quiero en ella poner
el color inefable de un aroma sin nombre. ( Francis Jammes ) |
|  |  # 88: Sonata
La sombra va cediendo ante el dulzor del canto.
Palideces. Yo tiemblo mirándote a las manos.
¿Somos hoy más divinos, o somos más humanos?
Beethoven en el cielo lo sabrá. Hay un encanto
solitario...una voz que en la noche se extiende...
Un hondo mar que sueña y un cielo azul que esplende.
Sembradores de éxtasis, oh dedos femeninos,
que encadenáis las almas con los lazos divinos
y dulces, que se rompen de una palabra al ruido.
A besaros - ¡oh dedos ! - un ángel ha venido.
Tal vez os han rozado sus cabellos de oro.
Silencio... Un loco viento este silencio hiere.
Respetad, oh rumores, oh viento, oh mar sonoro,
esta noche divina, y este canto que muere. ( Emile Despax ) |
|  |  # 89: Aparición
La luna se velaba. Serafines llorosos
con el arco en los dedos, adolorida el alma
pensaban en la calma
de las dormidas flores de tallos vaporosos.
Y heridas por sus manos las moribundas violas
rompían en sollozos de un albor invisible
que rozaban, rozaban el azul apacible
de las tibias corolas.
¡Era el día bendito de tu beso primero!
La febril fantasía que las almas consume,
por herirme, a sabiendas se embriagó del perfume
de tristeza que lanza
la cocecha de un sueño sobre el ser que lo alcanza.
Mientras miraba al suelo con mirar abtraído,
en la calle, en la tarde, te me has aparecido
como un hada riente,
como el hada risueña de mis tiempos mejores,
como el hada riente que de blanco fulgores
coronada la frente, pasaba ante mis ojos,
pasaba ante mis ojos turbados dulcemente,
dejando que sus manos regasen, mal cerradas,
nevados ramilletes de estrellas perfumadas. ( Stéphane Mallarmé ) |
|  |  # 90: Palabras a la aridez
No hay deseos ni dones
que puedan aplacarte.
Acaso tú no pidas (como la sed
o el amor) ser aplacada. La compañía
no es tu reverso arrebatador, donde tus rayos,
que se alargan asimétricos y ávidos
por la playa sola, girasen melodiosamente
como las imantadas puntas de la soledad
cuando su centro es tocado. Tú no giras
ni quieres cantar, aunque tu boca
de pronto es forzada a decir algo,
a dar una opinión sobre los árboles, a entonar en la brisa
que levemente estremece su grandioso silencio,
una canción perdida, imposible, como si fueras
la soledad o el amor, o la sed. Pero la piedra
tirada en el fondo del pozo seco, no gira
ni canta; solamente a veces,
cuando la luna baña los siglos
echa un pequeño destello como unos ojos que se abrieran
cargados de lágrimas.
Tampoco eres
una palabra, ni tu vacío quiere ser llenado
con palabras, por más que a ratos ellas
amen tus guiños lívidos, se enciendan como espinas
en un desértico fuego,
quieran ser el árbol fulminado,
la desolación del horno, el fortín hosco y puro.
No, yo conozco
tus huraños deseos, tus disfraces.
No he de confundirte
con los jardines de piedra ni los festivales
sin fin de la palabra. No la injurio por eso.
Pero tú no eres ella,
sino algo que la palabra no conoce,
y aunque de ti se sirva, como ahora,
en mí, para aliviar
el peso de los días, tú le vuelves la espalda,
le das el pecho amargo, la miras como a extraña,
la atraviesas
sin saber su consistencia ni su gloria. La vacías.
No se puede decir lo que tú haces
porque tu esencia no es decir ni hacer. Antigua,
estás, al fondo, y yo te miro.
Todo lo que existe pide algo.
La mano suplicante es la sustancia de los soles
y las bestias; y de la criatura que en el medio
es el mayor escándalo. Sólo tú,
aridez,
no avanzas ni retrocedes,
no subes ni bajas,
no pides ni das, piedra calcinada,
hoguera en la luz del mediodía,
espina partida,
montón de cal que vi de niño
reverberando en el vacío de la finca,
velándome la vida, fondo de mi alma,
ardiendo siempre,
diurna, pálida, implacable,
al final de todo.
Y no hay reposo para ti,
única almohada
donde puede mi cabeza reposar. Y yo me vuelvo
de las alucinantes esperanzas
que son una sola,
de los actos infinitos del amor
que son uno solo,
de las velocísimas palabras devorándome
que son una sola,
despegado eternamente de mi mismo,
a tu seno indecible, ignorándolo todo,
a tu rostro sin rasgos, a tu salvaje flor,
amada mía. ( Cintio Vitier ) |
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