 |  # 41: Rima XXII
¿Cómo vive esa rosa que has prendido
junto a tu corazón?
Nunca hasta ahora contemple en la tierra
sobre el volcán la flor. ( Gustavo Adolfo Bécquer ) |
|  |  # 42: Elegías y Soneto a Silvia
Elegía y soneto a Silvia
¿Por que a verte volví, Silvia querida?
(Elegía I)
¿Por qué a verte volví, Silvia
querida?
¡Ay triste! ¿para qué? ¡Para trocarse
mi dolor en más triste despedida!
Quiere en mi mal mi suerte deleitarse;
me presenta más dulce el bien que pierdo:
¡Ay! ¡Bien que va tan pronto a disiparse!
¡Oh, memoria infeliz! ¡Triste recuerdo!
Te vi… ¡qué gloria! pero ¡dura pena!
Ya sufro el daño de que no hice acuerdo.
Mi amor ansioso, mi fatal cadena,10
a ti me trajo con influjo fuerte.
Dije: «Ya soy feliz, mi dicha es plena».
Pero ¡ay! de ti me arranca cruda suerte;
este es mi gran dolor, este es mi duelo;
en verte busqué vida y hallo muerte.15
Mejor hubiera sido que este cielo
no volviera a mirar y sólo el llanto
fuese en mi ausencia todo mi consuelo.
Cerca del ancho mar, ya mi quebranto
en lágrimas deshizo el triste pecho;20
ya pené, ya gemí, ya lloré tanto
¿Para qué, pues, por verme satisfecho
vine a hacer más agudos mis dolores
y a herir de nuevo el corazón deshecho?
De mi ciego deseo los ardores25
volcánicos crecieron, de manera
que víctima soy ya de sus furores.
¡Encumbradas montañas! ¿Quién me diera
la dicha de que al lado de mi dueño,
cual vosotras inmóvil, subsistiera?
¡Triste de mí! Torrentes, con mal ceño
romped todos los pasos de la tierra,
¡piadosos acabad mi ansioso empeño!
Acaba, bravo mar, tu fuerte guerra;
isla sin puerto vuelve las ciudades;
y en una sola a mí con Silvia encierra.
¡Favor tinieblas, vientos, tempestades!
pero vil globo, profanado suelo,
¿es imposible que de mí te apiades?
¡Silvia! Silvia, tú, dime ¿a quién apelo?
no puede ser cruel quien todo cría;
pongamos nuestras quejas en el cielo.
Él solo queda en tan horrible día,
único asilo nuestro en tal tormento,
él solo nos miró sin tiranía.
Si es necesario que el fatal momento
llegue… ¡Piadoso Cielo! en mi partida
benigno mitigad mi sentimiento.
Lloro… no puedo más… Silvia querida,
déjame que en torrentes de amargura
saque del pecho mío el alma herida.
El negro luto de la noche oscura
sea en mi llanto el solo compañero,
ya que no resta más a mi ternura.
Tú, Cielo Santo, que mi amor sincero
miras y mi dolor, dame esperanza
de que veré otra vez el bien que quiero.
En sola tu piedad tiene confianza
mi perseguido amor… Silvia amorosa.
El Cielo nuestras dichas afianza.
Lloro, sí, pero mi alma así llorosa,
unida a ti con plácida cadena,
en la dulce esperanza se reposa,
y ya presiente el fin de nuestra pena.
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¡Oh, dolor! ¿Cómo, cómo tan distante…?
(Elegía II)
¡Oh dolor! ¿Cómo, cómo tan distante
de mi querida Silvia aquí me veo?
¿Cómo he perdido todo en un instante?
Perdí en Silvia mi dicha y mi recreo;
consentí en ello ¡ciego desvarío…!
consentí contra todo mi deseo.
Y ved, aquí conozco el yerro mío,
ya cuando repararlo no es posible,
y es fuerza sufra mi dolor impio.
Así el nuevo piloto al mar terrible
se arroja sin saber lo que le espera,
y ármase luego la tormenta horrible.
En negra noche envuelta ya la esfera,
pierde el valor, el rumbo y el acierto;
y a todos lados ve la parca fiera.
Pero al fin él verá su ansiado puerto,
o acabaránse pronto sus tormentos;
bien presto ha de mirarse libre o muerto.
Y aún en medio del mar ¿qué sentimientos
puede tener cuando en luchar se emplea
contra las fuertes ondas y los vientos?
Solo yo… yo he perdido hasta la idea
de un débil esperar: no hallo consuelo
¡Ay Silvia… no es posible que te vea!
Ni morir pronto espero; ni mi anhelo
puede agitarme tanto, que ocupada
no sufra mi alma el peso de su duelo.
En una calma triste y desastrada,
fijos tengo los ojos en mi pena
sin lograr más que verla duplicada.
En derredor de mí tan sólo suena
el eco de los míseros gemidos
con que mi triste pecho el aire llena.
Sólo el dolor por todos mis sentidos
entra hasta el corazón: todo es quebranto
que el alma abate en golpes repetidos.
¡Ay Silvia! Si a lo menos tú, mi llanto
pudieras atender y mis sollozos…
¡Ah! mi acerbo dolor no fuera tanto.
Silvia, Silvia, os dijera: «Ojos hermosos,
mirad mi situación, ved mi tormento»;
y al instante, mirándome piadosos,
desvanecieran todo el mal que siento.
Acabadas por ti mis aflicciones,
a tu piedad deudor de mi contento.
Corriera ardiendo a ti: mis expresiones
fueran dulce llorar… ¡Con qué ternura
te estrechara…! ¡Ay! ¡Funestas ilusiones!
No, Silvia, no: la pena, la amargura
es todo lo que encuentra mi deseo:
cuanto alcanzo a mirar es noche oscura.
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Bien puede el mundo entero conjurarse
Soneto a Silvia Bien puede el mundo
entero conjurarse
contra mi dulce amor y mi ternura,
y el odio infame y tiranía dura
de todo su rigor contra mí armarse;
Bien puede el tiempo rápido cebarse5
en la gracia y primor de su hermosura,
para que cual si fuese llama impura
pueda el fuego de amor en mí acabarse;
Bien puede en fin la suerte vacilante,
que eleva, abate, ensalza y atropella,
alzarme o abatirme en un instante;
Que al mundo, al tiempo y a mi varia estrella,
más fino cada vez y más constante,
les diré: «Silvia es mía y yo soy de ella.»
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Ya mi triste desventura
(Yaravi vIII) Ya mi triste desventura
no deja
Esperanza de tener
alivio;
y el buscarlo sólo sirve5
de darme
el tormento de mirar
lo perdido.
En vano huiré buscando
regiones
donde olvidar a mi dueño
querido:
con la distancia tendrá
mi pecho
sus recelos y su amor15
más fijos,
Lloraré cuando estén lejos
mis males;
y emitiré los más tristes
gemidos;
y no tendré el consuelo
de verte,
ni de que sepas mis crueles
martirios.
Decidme, querido dueño:25
¿qué causa
pudo mudar ese pecho
tan fino?
¿no te mueve a compasión
el verme
que huyendo de tus crueldades
expiro?
¿Con qué corazón oyeras
decir
que por ti murió quien firme
te quiso?
no seas, amada prenda,
no seas,
de mi desdichada vida
cuchillo. ( Mariano Melgar ) |
|  |  # 43: Imágenes dispersas bajo la Luna llena
He sido siempre un hijo de la Luna.
Siempre vi, desde niño, las Lunas
más hermosas: la enorme Luna en llamas de Ocosingo saliendo allí, justo
detrás del cerro, tras la casa del rancho.
La enorme Luna roja sobre el
inmenso valle, en el Anochecer, bajando de las tierras altas de San Cristóbal hacia mi húmedo pueblo, cuando tenía veinte años.
La enorme Luna blanca vista desde el estudio de mi casa de ahora, al sur de la ciudad más poblada del mundo, en las faldas de un monte todavía arbolado.
Aquí, en la primera Luna llena de este año, hicimos una ceremonia ritual para aguardarla: se leyeron poemas en su honor mientras todos veíamos su lentísimo ascenso. Al concluir la lectura continuamos mirándola en un total silencio, durante un largo Tiempo que no podría medir reloj alguno.
Bajo la oscuridad En el lugar del corazón:
la Luna llena.
Ella besó mis manos y dejó como huellas
dos lunas pequeñitas
Soy dulce libre santo:
si me toco la frente
se ilumina
si toco a un asesino se santigua
un territorio yermo fructifica
Toco una piedra
Nace la Poesía.
¿Lo sientes?
Es el frío del siglo
Es el frío del tiempo que acuchilla la piel
la luz que somos.
¿Sientes el golpe ciego del Desierto?
Hay pirañas en el aliento de la calle cruel
Pero mi amor será como un brasero contra el frío
Mis labios como un agua contra la sal del Viento
Mi cuerpo como nube contra la sal del Viento
Mi cuerpo como nube contra el sol del Desierto
Luz plena: sombra intensa
Entre charcos y piedras
somos el mismo Sueño
bajo la Luna llena.
Para desinfectar el cielo:
música lunar. ( Efraín Bartolomé ) |
|  |  # 44: Quise ser la diosa que cautiva
Desde el bruñido bronce de tu cara
y el hondo gesto de tu altiva frente
me miraste y sentí una llamarada
que nacía en tus ojos envolvente.
Había en ella una inquietud curiosa,
llena de rebelión y de desvelos
como esperando que una joven diosa
cayera a tus pies desde los cielos.
Y quise ser la diosa que cautiva
y ser también la sierva enamorada
y sentirme a tu lado, sensitiva,
Para amarte y estar atormentada
y apaciguar mis ojos en tu vida,
en tu mirada triste y desolada. ( Matilde Ladrón de Guevara ) |
|  |  # 45: Rima LXXIII
Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos,
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.
La luz que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho,
y entre aquella sombra
veíase a intérvalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.
Despertaba el día
y a su albor primero
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:
“¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!”
De la casa, en hombros,
lleváronla al templo,
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.
Al dar de las ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos,
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron
y el santo recinto
quedóse desierto.
De un reloj se oía
compasado el péndulo
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba
que pensé un momento:
“¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!”
De la alta campana
la lengua de hierro
le dio volteando
su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
amigos y deudos
cruzaron en fila,
formando el cortejo.
Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo;
allí la acostaron,
tapiáronla luego,
y con un saludo
despidióse el duelo.
La piqueta al hombro
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
el sol se había puesto:
perdido en las sombras
yo pensé un momento:
“¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!”
En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,
de la pobre niña
a veces me acuerdo.
Allí cae la lluvia
con un son eterno;
allí la combate
el soplo del cierzo.
Del húmedo muro
tendida en el hueco,
¡acaso de frío
se hielan los huesos...!
¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es, sin espíritu,
podredumbre y cieno?
¡No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
que al par nos infunde
repugnancia y duelo,
a dejar tan tristes,
tan solos los muertos. ( Gustavo Adolfo Bécquer ) |
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